Cuando un amigo llama
La aviación y la ganadería van de la mano; por lo menos, ese es mi caso. Para entonces, tenía un Cessna 206 del año 79, el YV-1754P, mi fiel compañero tanto para el trabajo duro en el hato como para el disfrute personal.
Cuando un amigo llama
La aviación y la ganadería van de la mano; por lo menos, ese es mi caso. Para entonces, tenía un Cessna 206 del año 79, el YV-1754P, mi fiel compañero tanto para el trabajo duro en el hato como para el disfrute personal.
YV-1754P aeropuerto Caracas.
Recuerdo claramente que un día, estando en mi casa, recibí la llamada de un gran amigo, piloto y ganadero de Valencia, que lastimosamente hoy ya no está con nosotros: el gran Bernardo Cosson. Bernardo tenía su Cessna 337 Skymaster en el taller y necesitaba ir urgentemente a Arismendi para concretar unos negocios de un ganado que había vendido.
Para ese momento de mi carrera, yo no sabía que existía una pista en Arismendi. Recuerdo haberle preguntado un par de veces si estaba seguro de que se podía aterrizar por allá. Bernardo, con esa tranquilidad inquebrantable que lo caracterizaba, me soltó: “Tranquilo, Ernestico, que eso es un pistón”. Con mucho gusto le dije que lo llevaría; así aprovechaba el viaje para adelantar unas diligencias pendientes en mi propio hato.
A las 7:30 a.m., ya afuera del hangar en el Aeropuerto Caracas (SVCS), me dispuse a salir hacia Valencia. Eran aquellas épocas en las que uno pasaba el plan de vuelo por radio. Hice el run-up en el punto de espera y, tras chequear que todo estuviera en parámetros, inicié la carrera. Fue un despegue de esos en los que sientes el motor Continental IO-520 con un extra de potencia, gracias a la fresca temperatura de la mañana. Tras un vuelo corto por el norte de Libertador, aterricé en Valencia y recogí a Bernardo, quien ya me esperaba en el Aeroclub. Siempre amigable y rebosante de anécdotas, se subió al avión y nos dispusimos a salir rumbo a Arismendi.
En esa época se volaba con carta de navegación en mano, ADF y VOR; nada de GPS. Salimos de Valencia con rumbo sur, cruzando el callejón visual de Cachinche, aprovechando las primeras horas del día antes de que el sol del mediodía desatara esa turbulencia térmica que le quita lo placentero al vuelo.
Ernesto Branger volando hacia " mata de banco".
Después de una hora y diez minutos en el aire, inicié el descenso buscando el "pistón" que tanto mencionaba Bernardo, pero yo no veía nada que se le pareciera. De repente, divisé una pequeña franja de verde rodeada de árboles, pegada a la carretera. Parecía más una manga de coleo que una pista de aterrizaje, pero, en efecto, esa era la famosa pista.
Luego de sobrevolarla para evaluar las condiciones, me establecí en final. Traía el 206 cruzando los 400 pies, en configuración completa con full flap y con el motor vivo, manteniendo una senda de descenso y velocidad para un campo corto. La idea era pasar los árboles para tocar lo más corto posible, ya que la pista era de Grama Macana y el frenado iba a ser comprometido. Al final de la pista, lo único que nos esperaba eran más árboles.
Apenas superé la última copa y los neumáticos tocaron tierra: flaps arriba y comando al pecho para meterle peso al tren principal, maximizar el frenado y cuidar el tren de nariz. El avión se detuvo sin problemas, pero mientras rodaba con calma para hacer el 180, la realidad del lugar me dio una bofetada: a los lados de la pista, contra la maleza, había dos aviones accidentados que se habían salido.
Bernardo conocía a los dueños. Mientras avanzábamos, me iba contando las historias: “Ese de ahí entró pasado, lo sacó el viento cruzado en final, pero afortunadamente todos se salvaron. El otro también la cuenta... pero por allá abajo hay uno que no tuvo la misma suerte”. Con ese trago amargo en la garganta, paré el 206 cerca de la carretera. Nos pusimos de acuerdo para el regreso y cada quien partió a hacer sus diligencias.
Ya por la tarde, regresé al avión para el chequeo prevuelo. Al rato apareció Bernardo, caminando con paso firme y cargando una bolsa de pan donde llevaba guardado el dinero en efectivo de la venta del ganado. “Ernestico, estamos listos”, me dijo con una sonrisa.
Como bien saben los que vuelan el 206, quien viaja en el asiento del copiloto debe entrar por la puerta del piloto y deslizarse hacia su lugar. Bernardo era un hombre de gran envergadura física y, al hacer la maniobra, su pierna golpeó accidentalmente el push-pull de la potencia. Cuando me senté en mi puesto y bajé la mirada, me encontré con la palanca de la potencia severamente doblada.
—Bernardo, mira esto. Con la potencia así no podemos volar —le dije preocupado.
En una época donde la señal telefónica en el llano era inexistente y no cargábamos celulares, Bernardo sacó una navaja con pinzas y me dijo: “Eso lo acomodo yo rápido”. Lo frené de inmediato: “No inventes, vamos a probar primero cuánta potencia da, no sea que se termine de romper aquí”.
El recorrido de la palanca no daba el cien por ciento, pero sí lo suficiente para sacarnos de allí a los dos. Rodé hasta el extremo de la cabecera, aprovechando cada pulgada de terreno disponible, casi metiendo la cola entre los árboles. Apliqué un punto de flaps y metí motor hasta donde el push-pull lo permitió. Creo que ha sido uno de los despegues más eternos de mi vida. Salimos con lo justo, y mientras ascendíamos, yo solo podía pensar en mi pobre avión. Por suerte, el resto del vuelo hacia Valencia fue una seda.
Al aterrizar en el Aeroclub de Valencia, llamé de inmediato desde el teléfono fijo a mi mecánico, Ignacio Mujica. Tras explicarle el percance, me dijo: “Si ya estás en Valencia, vente directo al Caracas y aquí lo resolvemos”.
Me despedí de Bernardo. Él, visiblemente apenado por el incidente, sacó un fajo de billetes de la bolsa de pan y me lo entregó: “Ernesto, muchas gracias por el vuelo. Y tranquilo, que yo resuelvo esto”. No entendí muy bien a qué se refería en ese momento.
Despegué hacia el Aeropuerto Caracas y aterricé sin contratiempos justo con la puesta del sol. Ignacio ya me estaba esperando en el taller. Agarró un alicate e intentó enderezar la palanca con mucho cuidado pero, como si fuera de papel, el metal cedió y se rompió por completo. El avión quedó oficialmente en tierra (grounded).
E.Branger junto a su 1754.
Me fui a casa cansado, dándole vueltas en la cabeza a cómo iba a conseguir el repuesto. Al llegar, me avisaron que Bernardo había llamado varias veces. Cuando le devolví la llamada, lo primero que hizo fue disculparse de nuevo, para luego soltarme una sorpresa: “Tranquilo, Ernestico, ya te compré los tres juegos nuevos de paquete: potencia, RPM y mezcla”. Le insistí en que no era necesario, pero él me cortó en el acto con esa vieja ética de antes: “Para eso estamos los amigos”.